hero background

Blog

blog

Los segundos 50 años de nuestra vida

Junio 7, 2017, Author: Eduardo Madinaveitia

Conozco personas que, mucho antes de los sesenta años, se pasan la vida pensando en la jubilación y siempre que pueden hablan de ese tema. Están deseando que llegue tan ansiado día.

Puede ser porque no les guste su trabajo o porque sea tan agotador que les impida pensar en otra cosa.

Hay otras que aunque vayan cumpliendo muchos más años que los que se supone que marcan la edad legal de jubilación siguen trabajando como lo han hecho toda la vida. Muchas veces en lo mismo e incluso, parece, con más ilusión.

Yo he disfrutado siempre con mi trabajo y nunca me planteé qué haría al llegar los 65 años aunque, como mucha gente, daba por hecho que me jubilaría y me dedicaría a otras cosas: a leer más incluso (siempre he leído mucho), quizá escribiría algo (siempre me ha gustado escribir) y tendría más tiempo para dedicar a la familia (siempre ha ocupado un lugar importante en mi vida y además, poco antes de cumplir los 64, nació Unax mi primer, y único hasta ahora, nieto). Lo de viajar, que figura en los sueños de tanta gente, lo tengo más complicado porque Maxi no es muy partidaria.

Pero se aproximaba el momento y seguía sin tenerlo claro. ¿Habría un día concreto en que al salir de la oficina me despediría para no volver más? ¿El día de mi 65 cumpleaños? ¿Cuatro meses después por haber nacido en 1950? ¿Es la ley o la empresa quien marca eso?

Unos años antes mi amigo Fernando me había dicho: si quieres negociar una salida remunerada de tu empresa tienes que hacerlo antes de cumplir los sesenta años. A partir de esa fecha, cada día que pase tendrás menos fuerza. Cuando yo tenía 62 o 63 mi empresa negoció la salida de un compañero que era algo más joven. Yo pregunté, sin mucho éxito, cuál era mi situación, pero en realidad tampoco tenía mucho interés en que me hablaran de negociar.

Si algo tenía claro es que la mayoría de nosotros damos por hecho que la jubilación tiene una fecha marcada por la edad y la legislación, cuando la realidad no es así.

Llegó el momento y vi que mis intereses y los de la empresa podían coincidir en que prolongáramos por un tiempo nuestra relación. Y, en contra de lo que creía al principio, eso era posible legalmente.

Vivimos una época en la que la esperanza de vida crece. Cuando yo nací, en 1950, la esperanza de vida para el español medio se situaba en 62,1 años (65,3 si habías sobrepasado el primer año de vida). Ahora al nacer hablamos ya de 80,1 años para los hombres y 85,6 para las mujeres. ¡20 años más! Y lo de superar el primer año de vida ya no parece suponer un problema.

Si además pensamos en que los jóvenes tardan más en encontrar su primer empleo y que, en la mayor parte de los casos éste es precario y mal pagado, vemos que el sistema de pensiones corre un grave peligro. En los últimos años hemos visto cómo la llamada hucha de las pensiones está vaciándose a la vez que sirve para financiar otras cosas para las que en principio no estaba prevista. Nadie parece muy preocupado por eso, pese a que los jubilados, o los pensionistas, cada vez tienen más peso. A la hora de votar y a la de consumir. Tampoco las marcas parecen tener muy en cuenta a un colectivo cada vez más numeroso y con un poder adquisitivo que, al caer el de los otros grupos, cobra mayor importancia relativa.

Si en algún momento se hunde el sistema público de pensiones y dejamos de contar con ese colchón de seguridad, la forma de plantearse esos segundos cincuenta años de nuestra vida cambiará para casi todos.

La edad legal de jubilación está pasando poco a poco, progresivamente, desde los 65 a los 67 años, pero la edad real se sitúa bastantes años por debajo, en poco más de los 60 años.

Puede que la sociedad esté ante un problema.

Pero ¿los ciudadanos?

A lo largo del año 2015, en el que me debería haber jubilado y en el que negociaba con mi empresa una posibilidad diferente, me planteé qué ocurría con los demás, qué hacía la gente cuando se aproximaba a la edad de jubilación, cómo vivían los años previos…y los posteriores.

Como siempre me he dedicado a la investigación sociológica (los medios sólo son una parte de la realidad social) se me ocurrió que la mejor manera de acercarse a esta cuestión era preguntárselo a los implicados. Además ya tenía un precedente en la familia: mi hija Usúe, cuando tuvo problemas para afrontar la conciliación entre trabajar en una empresa y dedicar tiempo a su hijo, decidió preguntar a un grupo de mujeres cómo se las habían arreglado y construyó un libro, #mamiconcilia, que en poco tiempo se ha convertido en un movimiento social.

Yo no aspiro a tanto. O sí.

Este libro no tiene el valor sociológico de los estudios basados en muestras representativas pero sí, seguramente, el de los estudios cualitativos. Al haber partido de mi base de datos de contactos tiene un sesgo claro hacia los profesionales de la publicidad, de la investigación o de los medios. Aun así también hay algunos ejemplos muy diferentes: varios empresarios, profesores, un topógrafo, un médico o un minero. También tiene un número exageradamente escaso de mujeres. Es verdad que, por el propio desarrollo de nuestra sociedad, todavía hay más hombres jubilados (o próximos a estarlo) en puestos de trabajo remunerados, que mujeres. Pero la representación femenina debería ser mayor. Lo he intentado con escaso éxito. Quizá se solucione en una segunda edición…si es que llega a producirse.

La elaboración del libro también me ha reportado algunas enseñanzas. Una primera sorpresa, que a lo mejor no lo fue tanto, es que, si dejo a un lado la familia, que sí me ha apoyado, el mayor eco de mi propuesta no lo obtuve entre las personas más próximas, esas que piensas que nunca te van a fallar, sino en otras no necesariamente tan cercanas pero con las que he mantenido una relación de amistad dentro de la profesión.

Me he encontrado con personas que han dicho: no puedo fallar a una propuesta de Eduardo. En algunos casos me ha sorprendido.

En el libro hay testimonios de personas, como Juan Ramón o Lawrence, que no tienen tiempo para todas las cosas que tienen que hacer, otras como Fuensanta que han descubierto las maravillas del ocio gratis y se han convertido en verdaderas expertas en conseguirlo. Y otras como José Miguel que nos cuentan cómo la familia y los amigos son los puntos de apoyo que dan sentido a su vida.

Tenemos a personas que, como Esteve y Manuel José, se decantan por un relato creativo.

Hay personas, como Cecilia, Ángel o Julio que vivieron sus últimos años de trabajo con la sensación de que la empresa para la que habían trabajado no se portaba bien con ellos, o incluso fueron estafados por sus socios, lo que les ha dejado un regusto muy amargo y ganas de alejarse de esa actividad.
Tenemos a varias personas (Xavier, Carlos, Maximina, Alejandro…) que, desde su experiencia como jubilados o como prejubilados, ofrecen consejos prácticos sobre cómo abordar o preparar esos años que nos quedan después de trabajar.

Hay quienes han iniciado nuevas actividades, como escribir una novela (Ángel) o incluso montar un restaurante (Pedro).

Muchos viajan. Alguno, como Julio o Carlos, ha encontrado en la navegación una excelente salida para sus energías y su mayor disposición de tiempo libre. El Mediterráneo, incluso el más extremo, no tiene secretos para Julio; Carlos se plantea dar la vuelta al mundo en su barco.

Son varios (Manuel, Miguel, Ángel…) quienes han encontrado en la Universidad y en volver a aprender su nueva motivación.

Y lo más importante: no perder el interés por la vida. Julián se mantiene al día de todas las novedades tecnológicas y sus implicaciones sociales a sus, ya, ochenta años cumplidos.

Quiero agradecer su participación y paciencia a todos los autores que han creído en el proyecto y lo han hecho posible; a todas las empresas que nos recibieron y aplaudieron la iniciativa; y en especial a Ibercaja, por sumarse a la causa y convertirse en compañera de viaje.